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Pueblos indígenas: colonización y procesos de emancipación

By 28 abril, 2020 mayo 15th, 2020 One Comment Etiquetas: ,

Con la invasión europea a los pueblos indígenas de México, en el siglo XVI, inició un largo período de colonización que se ha extendido hasta nuestros días. Este hecho implicó, desde un principio, distintos actos de barbarie, como ha sido la constante en distintos territorios y pueblos del mundo que han visto coartadas sus libertades y autonomías por algunas naciones del mundo. De esta manera se dieron, como se siguen dando hoy día, distintos actos de sometimiento, discriminación, imposición, explotación, saqueo, contaminación, destrucción y muerte, todo ello en nombre del “desarrollo”, “progreso” y “civilización”.

En este proceso de arrebatamiento y despojo de las riquezas de los pueblos indígenas, arrasaron, las más de las veces de manera violenta, con el patrimonio natural y cultural material e inmaterial de estos pueblos, entre ellos las tierras, territorios y los recursos naturales que, por siglos, estos mismos pueblos han tenido bajo su cuidado, con los cuales mantienen una relación de mantenimiento recíproco. Entre este patrimonio se pueden contar también las lenguas, culturas, los conocimientos, tecnologías, procedimientos, las expresiones artísticas, espirituales y los valores.

Tres siglos después, una vez consumada la independencia, se anularía en parte las relaciones de poder desde el exterior pero las acciones colonizadoras continuarían bajo otro matiz; se daba paso, así, a la llamada neocolonización o colonización interna. La invasión extranjera seguiría, se darían grandes concesiones a empresas transnacionales con el propósito de atraer inversiones extranjeras. Los recursos naturales de los pueblos originarios continuarían siendo explotados, saqueados, destruidos, por empresarios extranjeros bajo el pretexto de la generación de empleos y mejoras en las condiciones de vida.

Las grandes riquezas de la nación mexicana se concentraron en manos de pocas familias extranjeras y mexicanas. Los campos mineros y las haciendas de los grandes terratenientes se convirtieron en espacios abiertos para la explotación de las familias y comunidades enteras donde fueron sometidos a trabajos forzados, donde, además, los hacían endeudarse de por vida, las más de las veces, hasta la muerte. Esta parte obscura de la historia de la nación mexicana culminó con la revolución mexicana, en la cual tomó parte un alto porcentaje de indígenas, campesinos y obreros explotados.

Al final de cuentas, la lucha armada que debería hacer justicia a los más pobres terminó siendo una lucha entre diferentes facciones políticas que aspiraban llegar al poder. Así, después de todo, cambiaron los jugadores y algunas reglas del juego pero el campo de juego, las estrategias y los propósitos del mismo siguieron siendo los mismos. El patrimonio de los pueblos originarios siguió siendo la principal fuente de divisas del país y el botín más codiciado por las empresas nacionales y extranjeras. Los ricos se hicieron cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

Inmediatamente después de la revolución, el gobierno de México en turno ideó un proyecto de nación en el cual se propuso construir una sola gran nación mexicana, en cuyo proceso de conformación debía anularse todo rasgo de diversidad étnica, lingüística y cultural para que, al final de cuentas, se llegara a obtener una nación homogénea, incluso en términos raciales, donde se hablara una sola lengua y se practicara una sola cultura: la lengua castellana y la cultura de occidente. En este proceso se impuso el español como única lengua nacional, haciendo, incluso, el papel de lengua oficial, sin serlo en términos jurídicos, por lo que, de allí en adelante, debía ser la única lengua de administración, educación, comercio, procuración e impartición de justicia, etc.

Para ello, el Estado impuso una serie de políticas sobre los pueblos indígenas, misma que echó a andar a través de sus instituciones; entre ellas, políticas de asimilación lingüística y cultural, de integración nacional y de incorporación económica. La diversidad aportada por los pueblos indígenas a la nación mexicana fue vista como un problema a erradicar; incluso, fue considerada la principal causa de atraso, el lastre que impedía a la nación mexicana avanzar hacia los más altos niveles de desarrollo y progreso, lo cual le permitiría constituirse en un país de primer mundo.

En el caso de las lenguas originarias en específico, se echó a andar una política de asimilación en la cual la escuela jugó y sigue jugando un papel determinante y cuya misión está llegando a su fin de manera sencillamente exitosa. Esta política ha sido considerada, a estas alturas, etnocida y lingüicida ya que, una vez que impuso el español como única lengua nacional, determinó que ésta fuera la única lengua de educación, prohibiendo, en consecuencia, el uso de las lenguas originarias en las escuelas. Como resultado de ello, tenemos que hoy día todas las lenguas indígenas mexicanas se encuentran amenazadas, la gran mayoría de ellas con muy pocos hablantes y, alrededor del 30% del total de las mismas, en situación de muy alto riesgo de extinción.

Ante tales políticas de aniquilamiento étnico, lingüístico, cultural y biológico, las organizaciones indígenas han tomado posturas no sólo de resistencia sino de reivindicación social y política a través de la organización comunitaria que ha dado lugar a movimientos etnopolíticos con los cuales han podido enfrentar las políticas de asimilación e integración nacional, asumiendo las tareas de desarrollo y fortalecimiento de sus propias lenguas y culturas por ellos mismos. De igual manera, han logrado detener algunos proyectos invasivos con intenciones extractivas, haciendo valer sus derechos como pueblos, con los cuales han alcanzado cierto reposicionamiento social y político frente al Estado-nación.

Dadas las constantes y permanentes amenazas de los gobiernos y las empresas nacionales y transnacionales queda la alternativa de reforzar la lucha organizada en comunidad, estableciendo alianzas con organizaciones regionales, estatales, nacionales e internacionales para exigir el respeto y cumplimiento de los derechos de los pueblos indígenas, anteponiendo siempre el diálogo, el acuerdo y la paz. En consecuencia, las acciones para el empoderamiento y la emancipación de los pueblos originarios, en busca de la libertad y la autonomía, desde la práctica de la comunalidad deben continuar hasta que no se alcancen las mejoras en sus condiciones de vida y la situación de alta marginación, pobreza extrema, y la de falta de oportunidades no se puedan abatir.

El enorme contraste entre una gran riqueza lingüística, cultural y biológica y los altos niveles de marginación y pobreza en la que viven los pueblos indígenas, los dueños originales de estas tierras y territorios, es indignante, tanto como vergonzoso debería ser para los gobiernos que se han empeñado en favorecer un sistema capitalista e individualista sobre uno comunal y colectivo, así como la reducción de una nación bajo una política homogeneizadora cuya meta última es el monolingüismo y el monoculturalismo en vez de apostar por una nación rica en diversidad lingüística, cultural y biológica donde predomine el plurilingüismo, las relaciones interculturales y la abundancia en recursos naturales, lo cual haría viable una vida digna y justa.

Juan Carlos Reyes Gómez

Instituto Superior Intercultural Ayuuk