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La Minuta

Sergio Méndez Arceo: caminos abiertos y compromisos vigentes, a 34 años de su partida

Se cumplen hoy 34 años de la Pascua de don Sergio Méndez Arceo (7º obispo de Cuernavaca y profeta de la solidaridad latinoamericana), y su memoria vuelve a colocarse en medio de nosotras y nosotros no como un recuerdo del pasado, sino como una presencia viva, incómoda y desafiante, que desinstala, que vuelve a poner en evidencia las preguntas que muchos preferirían dar por resueltas. Recordarlo es por ello dejar que su palabra, su práctica pastoral y su posicionamiento político-evangélico sigan interrogando a la Iglesia y a quienes nos decimos creyentes en estos tiempos de incertidumbre e indiferencia global.

Don Sergio fue un hombre de radicalidad evangélica. Su opción por las y los pobres no fue sentimental ni asistencialista; fue estructural, lúcida y políticamente consciente. Entendió, antes que muchos, que la pobreza no es una fatalidad, sino el resultado de sistemas de opresión concretos, sostenidos por intereses económicos, militares y culturales. Por eso su voz no se quedó en la denuncia moral abstracta, sino que se atrevió a señalar responsables, mecanismos y complicidades.

Esa fidelidad a las y los pobres de la tierra le llevó a asumir posiciones firmes frente al imperialismo en sus múltiples rostros, particularmente en América Latina. Su solidaridad con Cuba —clara, pública y perseverante— fue una expresión concreta de su convicción de que los pueblos tienen derecho a decidir su propio camino sin el asedio permanente de potencias que imponen bloqueos, castigos y silencios. Don Sergio defendió la causa de la Revolución cubana desde la dignidad de los pueblos y desde su fe en un Dios que escucha el clamor de los oprimidos, recordándonos que la fe cristiana no puede ser cómplice de ningún sistema que produzca muerte.

Por ello, sostuvo una postura abierta y decidida por el socialismo, como búsqueda histórica de justicia, igualdad y liberación para los pueblos. Miró con simpatía y esperanza las experiencias socialistas que intentaban romper con la lógica del capital y la explotación, y acompañó —con lucidez pastoral y valentía evangélica— el surgimiento de Cristianos por el Socialismo (Chile, 1971), convencido de que no había contradicción entre la fe cristiana y el compromiso revolucionario por transformar las estructuras injustas del capital. Para él, el Evangelio no sólo podía dialogar con el socialismo: encontraba en él un aliado histórico en la lucha por la vida digna, consciente de que no se puede anunciar a un Dios de vida en medio de estructuras de muerte, sin tomar partido.

Como séptimo obispo de Cuernavaca, abrió caminos cuando otros cerraban puertas. Su diócesis fue laboratorio vivo de una Iglesia en salida, mucho antes de que la expresión fuera enarbolada como consigna de la reforma eclesial por el papa Francisco en fidelidad creativa al Concilio Vaticano II: renovación litúrgica profundamente encarnada, para que dejara de ser un rito distante y volviera a ser celebración de la vida, de la lucha y de la esperanza; lectura bíblica crítica y comunitaria conectada con la vida y los conflictos del pueblo; formación de agentes pastorales críticos y comprometidos, y una comprensión eclesial menos clerical y más corresponsable, donde el pueblo no era destinatario pasivo, sino sujeto activo en la construcción de la justicia, la fraternidad y la vida digna, en una colaboración cercana con creyentes de distintas tradiciones (praxis ecuménica); entre tantos otros caminos abiertos, por donde nadie pasaba, convirtiéndose –ayer y hoy– en pistas, retos y esperanzas. Comunicado íntegro en el primer link.

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