Ellos, los que profanan cuerpos, no duermen,/ no cierran los ojos, esperan el momento/ para borrar la última frontera,/ ellos no saben de nuestra vida/ cotidiana, de nuestros tiempos de guardar,/ no saben que resucitamos a diario,/ que cuando cierren los ojos, nosotras/ flores amarillas, seguiremos danzando/ sobre la lluvia de temporal.
La camioneta brinca sobre las piedras arduas y sinuosas, el asiento inusual de tejido, el pesado camino de varias horas se ha vuelto un traslado de apenas cuatro horas; después del ajetreo y del trasbordo arriba con su preciada carga de limones, pan, flores de la costa a la capital. En el camino, los cerros, las nubes, los puestos navideños, las casas de adobe, el parque, la iglesia, los órganos se elevan desafiando al sol.
El camino por las calles centrales se divide entre la contemplación y el asombro por el avance de la gentrificación, las pintas, los grabados de Oaxaca rebelde desafían a los rojos adornos, la nieve artificial y las tempranas luces navideñas. Las banquetas se visten de prisa, el ponche escasea ante la noche cálida de los últimos días de noviembre en la capital.
El recorrido hacia San Matías Chilazoa nos toma alrededor de cuarenta minutos, entre campos de magueyes cubiertos de nubes, con los cerros a lo lejos. Las casas de tierra retoñan en morados arbustos, enredaderas ansiosas que escarban las grietas en el enjarrado de adobe que muestra el esqueleto bajo sus capas. Los marcos de madera sobre los costados son ventanas hacia otro tiempo, hacia el modo de vida que prevalece, que subyace, que muestra su rostro en las asambleas, en la defensa del agua, en la fiesta que teje el espíritu comunitario que abraza desde cada lugar, desde cada esquina, desde cada amarre del cuerpo cargado de cansancio por las arduas horas de viaje. La camioneta de Felipe, que viene cargada desde la costa, se estaciona, a la sombra de los árboles escampa el calor, las granadas florean en las ramas más altas. A lo lejos el canto del agua indica el camino.
En el auditorio comunitario la cocina hierve de gente de andar afanoso. Se acarrean sillas y la bienvenida se organiza en torno a la mesa colectiva que se arma al fondo del salón, se convidan las hojaldras, el azúcar rosa y el ajonjolí prometen energías para afrontar la mañana. Sobre el anafre el champurrado que luego se reparte en tazas, en la mesa las bolsas de pan nos dan la bienvenida, la gente lleva y trae canastas repletas de trastes; los plásticos y los desechables de un solo uso quedan fuera de la ecuación comunitaria. En cada actividad colectiva se reparten los trastes que utilizan como parte de sus estrategias, de sus formas de organización consciente de la importancia de no contaminar, de cuidar el agua y gestionar los residuos. Las mujeres cortan las guías que trajeron de la milpa, la experiencia evita que el aguate haga estrago en sus manos; en una tina de plástico los brotes tiernos de las flores de calabaza, los elotes cocidos reposan en las bandejas. Los ingredientes se preparan con anticipación, se hornea el pan, se tuesta el cacao, se lleva el maíz al molino para preparar la pasta para el atole.
El mero día el trajín empieza desde temprano. La comunidad de San Matías Chilazoa es parte del Frente No a la Minería por un Futuro de Todas y Todos y sede del Intercambio de Experiencias al que asisten las organizaciones REDECOM y el COPUDEVER, para compartir el andar, parte del camino que han recorrido en los años que llevan en la defensa del agua y de sus territorios.
La pequeña plazoleta rodeada de pinos y bugambilias, en flor las infancias juegan, corren entre las calles, llevan y traen pequeños mandados, se trepan a las bancas, llegan a desayunar con la comitiva que desciende bulliciosa del transporte, que se contagia de su alegría y les mira con ojos renovados.
A ese territorio han llegado las empresas, la sobrerenta de la tierra. Las relaciones desiguales entre productores y capital extranjero en la sobreexplotación del mezcal. Durante el recorrido, el compañero José nos explica que después de la cosecha de las piñas, la tierra tarda aproximadamente siete años en recuperarse; hay que alimentarla con abono y residuos orgánicos y después de dejarla descansar, sembrar otra cosa, frijol, maíz, pero no maguey porque la tierra se daña. Los impactos de lo que representa la inversión extranjera en la producción de la bebida ancestral son cada vez más evidentes en los valles de Oaxaca.
La ritualidad, comunión entre el espíritu, la tierra y el agua.
La camioneta rebota entre los campos cubiertos de nubes verdes-azules, las plantas forman hileras, cerros de nubes retacadas de agua inusual de noviembre se alzan a lo lejos, nos toma alrededor de cuarenta minutos hacer el recorrido. En el paraje Agua Blanca nos recibe el silencio, las velas y las flores entre los huizaches, los ramos de ruda sacuden las energías, llaman a la quietud del espíritu a través de la albahaca; las biushitas, los lilas y púrpuras encendido, círculo que trazan los pétalos, el sahumerio eleva su lengua ritual que enciende la fe, los dientes de las mazorcas apuntan a los cuatro puntos cardinales. Al lado de la pequeña laguna de temporal formada se eleva la palabra, se agradece la lluvia, la cosecha, se pide porque se reproduzca la vida, porque la tierra florezca.
El paisaje hídrico se ha modificado con el tiempo y con la llegada de las empresas que sobreexplotan la tierra y el agua. “El agua nacía a flor de la piel de la tierra, ahí tomaba uno, ahora ya no se puede porque está contaminada, inyectan químicos que sacan de la mina, como el pozo de nosotros que ya tiene contaminación. Antes, se bañaba uno en los arroyos, lavaba la gente, había mucha agua limpia, ahora para tomar agua se tiene que comprar purificada. El arroyo Atoyac, en la parte de San Pablo, de Zimatlán, antes, el agua era cristalina, ahora debido a la contaminación, ya no se puede tomar ni ocupar para el riego, la gente ya no se baña en los arroyos. La comunidad se organiza, a veces con recursos del gobierno, a veces con recursos de nosotros, para hacer limpieza, para conservar los retenes de agua que alimentan las venas que riegan la pastura, que llevan el agua hasta las casas”.
Los ciclos naturales también se han modificado, “ya no es como antes, del dos mil para acá, de repente se nos viene mucha lluvia, de repente sequedad, en junio nos llovió bien, pero julio y agosto se fueron sin agua, nos hizo falta para sembrar, porque la humedad no permite trabajar la tierra, cuando se fue la humedad ya no se pudo sembrar. Se compra el maíz en la Conasupo, lo que ahora es Bienestar. Cuando hay siembra, hay maíz, hay calabaza, crece la pastura, se vende la semilla, se alimentan los animales. Pero cuando no hay, quedamos a la mano de dios.” Este año la cosecha será breve, apunta el saber ancestral.
De regreso visitamos un entronque cubierto por árboles, sobre la vereda de tierra, la charla, las certezas de que los impactos están, llegan, no se van: “antes nos daba más siembra, el periodo de lluvia duraba más y teníamos más agua, a estas alturas todo esto reverdecía. Ahora es diferente, desde hace años la falta de agua ha afectado al campo, a las personas.” ‘El Mezquital’ les enseñó la importancia de la captación de agua de lluvia.
De regreso en el auditorio comunitario, el compañero Marcos Leyva, coordina la bienvenida, agradece a las compañeras que nos reciben, a las autoridades de la comunidad, al comisariado Eloy Hernández, el agente municipal, el alcalde, a las personas suplentes y al comité de vigilancia. “Esta actividad es un intercambio de experiencias, el objetivo es fortalecer lo que estamos haciendo en las diferentes regiones”. Al intercambio asisten autoridades y representantes de las comunidades de los valles centrales, de Las Huertas, Santa Catarina Minas, Monte del Toro, San Pablo Güilá, El Vergel, El Llano, Lachatao, frente de lucha contra la minería en la Sierra Norte, Coatecas Altas y personas que pertenecen a comunidades que forman parte de la REDECOM, del Istmo, de la Costa y de los Valles Centrales, así como del Bajo Mixe y organizaciones como Milpa Urbana y la Red de Mujeres Tierra Agua y Maíz, compañeras que acompañan desde Guatemala.
Florece la resistencia en el intercambio
El círculo de flores se extiende al centro del salón comunitario, antes de tejer la palabra se apela al ritual, ceremonia entre lo simbólico y lo sagrado, las implicaciones, su exégesis. La palabra se teje en su andar, hace camino, a su paso se eleva, voz que contiene la lluvia, que guarda en su antigua espesura el surco, en cada grano el maíz es contenida repercusión de voces.
Alrededor de las once de la mañana inicia la mesa de experiencias que modera la compañera Angélica Castro. Leo comparte el proceso de defensa del río Verde: la Comisión Federal de Electricidad avisa que va a construir una presa hidroeléctrica, esto significa quitarle el agua al río Verde que viene del río Atoyac. La CFE dice que los pueblos van a beneficiarse, que va a haber derrama económica, turismo e inversión. Pinta todo muy bonito, pero nos damos cuenta de que va a ser lo contrario, de que ese proyecto va a dejar a los pueblos sin agua y a generar un impacto ambiental grande, inundando los bosques.” El Consejo de Pueblos Unidos por la Defensa del Río Verde, se conforma en dos mil siete por comunidades indígenas, pueblos chatinos, mixtecos y afromexicanos. El COPUDEVER se crea en un foro regional donde se reunieron seis municipios afectados por el proyecto; participaron autoridades municipales que se encargaron de informar a las comunidades sobre el proyecto hidroeléctrico, dando cuenta de la importancia de la coordinación, la organización y la participación comunitaria. “En estos dieciocho años, nos sostiene mucho lo que ustedes tienen frente al proyecto minero, estamos juntos, porque sin electricidad no se mueve una mina, vamos construyendo esta historia de defensa”.
Reyna comenta que en el camino de la lucha por la defensa del río y los territorios se ha perdido las vidas de varios compañeros. “Esta lucha tiene sentido porque amamos el agua”. Comparte que se han enfocado en la capacitación para que las infancias aprendan sobre su historia, sobre la lucha, sobre organización.
Esperanza González, comparte que la Red de Defensoras y Defensores Comunitarios de los Pueblos de Oaxaca, impulsa la articulación de las regiones, reúne a colectivos que defienden sus territorios contra proyectos que despojan el territorio y la vida. “Parte de lo que hemos hecho es hacer visible el trabajo de derechos que tenemos como comunidades. Intercambiar experiencias, reflexiones que nos han llevado a reconocer nuestro trabajo. En el camino se han sumado los pueblos afro que luchan por ser reconocidos como pueblos que defienden su territorio”.
El Frente No a la Minería está compuesto por las comunidades que pertenecen al distrito de Ejutla, Ocotlán y Tlacolula. Nace de la inconformidad de las comunidades contra el megaproyecto en San José del Progreso, para que los impactos de la minería no se extiendan en sus territorios. Desde el micrófono el compañero Benigno comparte que han sufrido persecución, enfrentamientos, asesinatos: “una de las principales preocupaciones se enfoca en el cuidado del agua. La mina agarra el agua y las comunidades cercanas están siendo afectadas por el lavado de material de las presas de jales, que en tiempos de lluvia se desborda, se filtra a los ríos, se ha comprobado que hay contaminación, muerte de animales silvestres y ganado”
Antes de finalizar, la compañera Ana María García comparte con las señoras, las personas asistentes y las autoridades, información sobre la presa Margarita Maza, proyecto impulsado por la Comisión Nacional del Agua a través del Plan Hídrico Nacional, anteriormente Paso Ancho y renombrado como Presa Margarita Maza. El material que se distribuye informa que el proyecto está en licitación para empresas constructoras privadas. El listado de municipios donde se desarrolla el proyecto cita comunidades que no han sido informadas.
La espiral, luz y palabra en movimiento
Para el medio día, las manzanas criollas y el agua de arroz refrescan el bochorno que se asoma por las láminas del techo. Nos disponemos alrededor del círculo de sillas. Las compañeras de Guatemala, a través de la alegría de su voz comparten el cansancio y la palabra: “ponemos en la ofrenda el calendario maya, estamos recuperando la espiritualidad de nuestros abuelos, que nos da visión. Estamos rescatando la memoria de nuestros pueblos, se hablan las lenguas, se mantienen, seguimos recuperando nuestros conocimientos de agricultura, cómo mantener la limpieza de la tierra, para que produzca. Venimos de una lucha que se expresa en la defensa del agua, en la defensa de la tierra, de nuestros saberes ancestrales.”
La Red de Mujeres Tierra, Agua y Maíz está compuesta por organizaciones en movimiento y defensa de los bienes comunes, su territorio, el agua, los ríos. Ataviadas de telar y de palabra se apropian del micrófono, trazan una espiral dentro del círculo, la memoria es bordado ancestral que se extiende y nos abraza, simboliza el vínculo, raíz, forma de sostener la vida, cada pliegue sobre la tela se extiende entre las consignas. En el río de manos que hemos formado, la derecha da y la izquierda recibe. Este es el principio de reciprocidad, “porque para todas las cosas, damos y recibimos”. Las compañeras comparten su experiencia en la defensa del Lago de Atitlán, la propuesta de trasvasar el agua del lago para un proyecto de monocultivo: “estamos luchando por la defensa del río Samalá, era un río muy bello y que se podía pescar, pero ahora está contaminado. Luchamos por el consumo de los huertos, sembramos y enseñamos de la tierra a las niñas y los niños, para no consumir productos que dañan el lago. Como mujeres hemos tenido voz y hemos participado en distintos espacios, que es algo que ha cambiado. Una de las bases de la red de mujeres es también dar fuerza a los demás. Por eso se impulsa y fortalece el trabajo con jóvenes, hombres y mujeres en el cuidado de la vegetación, la fauna nativa, la biodiversidad. En Quetzaltenango, las compañeras venimos de un proceso de paz. Pasamos años sin ver nuestra familia; los acuerdos de paz se fueron quedando en el olvido, logramos que algunas cosas se mantuvieran, los gobiernos fueron olvidando. Nos hemos basado en la fuerza propia de la comunidad para poder hacer los cambios. Algo que aprendimos es que el poder del colonialismo, del patriarcado y el capitalismo consumista no ha dejado Guatemala. Necesitamos fortalecer la mirada, desde las mujeres, los jóvenes, los abuelos y ancestros”.
Don Neri, integrante de la REDECOM, comparte que Mieles de la Costa Chica es una organización en San Juan Cacahuatepec que se dedica a la elaboración de productos orgánicos para atender la salud comunitaria a través de los saberes y la sabiduría ancestral. “Estamos en la defensa del territorio y del río Verde. Lo que hacemos en nuestras comunidades es defender la vida”. Don Neri ha dedicado su vida al campo y a las abejas, comparte la importancia del maíz criollo en contraposición al “maíz mejorado” o transgénico. Finaliza mostrando su bordado de abejita, que lo representa como apicultor.
La minería ha existido desde tiempos coloniales en la sierra Juárez. Don Juan comparte el proceso de lucha de la comunidad de Santa Catarina Lachatao: “a nadie le consultaron por la entrada de una empresa canadiense, primero en dos mil cinco y luego en dos mil diez. El gobierno recibió la concesión sin autorización de la comunidad. Se detuvo la maquinaria y no se dio el permiso para poder pasar. Las empresas ofrecen dinero, obras, promesas de trabajo y desarrollo. El argumento de nosotros es que tenemos más de mil años en este territorio y no queremos cambiar nuestra forma de organización. Después de eso qué hacemos como comunidad”. La compañera Cela comparte las reflexiones del Encuentro de mujeres realizado en Lachatao en septiembre pasado, la necesidad de que las mujeres participen, en muchos pueblos las mujeres son autoridad, pero los hombres hacen los cargos.
Después del cierre tomamos las mesas por asalto. Se reparten los platos con sopa de guía de calabaza, el tasajo, la salsa, las tortillas de mano, el fuego danza en el comal y conjuga los sabores, el remanso en el vaso de agua fresca, el totopo es lluvia de maíz nuevo que cumple el ciclo natural. La charla transcurre entre la algarabía que nos embarga, el intercambio toma forma, muestra cómo la organización comunitaria sienta sus bases en la conciencia ambiental, el cuidado y la defensa del territorio. El intercambio de experiencias da cuenta cómo, desde sus prácticas comunitarias, los pueblos y comunidades de Oaxaca y Guatemala, entraman huellas de futuro, formas de afrontar los desafíos frente a megaproyectos extractivos como la minería que amenaza los territorios, los bienes naturales, los ríos, las lagunas, cuerpos hechos de agua y de memoria. Saben que es necesario reconocer los caminos, llevar, como el polen -de un lugar a otro- tránsito de saberes que aspiran a permanecer, abejas que saben la importancia del equilibrio, construyen, continúan los pasos de las y los que ya no están pero que estuvieron, hacen presencia través de la relación que entrama el cuidado de la naturaleza.
Juan Manuel Galvis.
Astrid Paola Chavelas.
Red de Defensoras y Defensores Comunitarios de los Pueblos de Oaxaca.
Diciembre en ciernes, primavera lunar.
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