La defensa del territorio indígena enfrenta hoy una nueva frontera: los datos, la inteligencia artificial y las tecnologías que extraen y mercantilizan conocimientos, lenguas y formas de vida comunitarias. Sobre esto reflexiona Kiado Cruz en el presente artículo. Kiado es activista zapoteco en defensa de los derechos digitales.
En enero de 2009, autoridades comunales del Rincón zapoteco, acompañadas por la Unión de Organizaciones de la Sierra Juárez de Oaxaca (UNOSJO), hicieron algo que los coordinadores del Proyecto México Indígena no esperaban: los denunciaron públicamente por geopiratería. Durante años, un equipo de geógrafos financiado por la Oficina de Estudios Militares para el Extranjero del Departamento de Defensa de los Estados Unidos había entrado a diversas comunidades de la sierra con GPS, metodología participativa y el discurso de la “geografía para la paz”. Lo que no dijeron es que los mapas resultantes —linderos comunales, fuentes de agua, rutas y organización territorial— irían a alimentar una base de datos del Human Terrain System, un sistema de inteligencia geográfica militar. Lo que los Comisariados de Bienes Comunales entendieron en ese momento no era abstracto: entregar información sobre el territorio es entregar el territorio mismo.
Esa comprensión sostenida por las asambleas zapotecas es la misma que hoy nos obliga a extender la defensa comunitaria hacia un nuevo frente. La lógica extractivista de México Indígena no desapareció, sino que se perfeccionó a una escala algorítmica. Ya no se necesita a universidades extranjeras mandando investigadores con cuadernos de campo; hoy, los propios aparatos de uso cotidiano extraen y transmiten esos datos en tiempo real. Antes de hablar de códigos abstractos, es vital mirar lo que ocurre en nuestras manos: la Inteligencia Artificial se expresa en la traducción automática que utilizamos para comunicarnos, en el sistema de biometría que condiciona la entrega de programas sociales, y en el algoritmo que decide qué consumimos al abrir WhatsApp cada mañana. Al interactuar con estas herramientas, nos convertimos en geografías de extracción.
Pensemos en la materialidad de esta extracción. Cuando una persona mayor registra su huella dactilar o el escaneo de su iris para acceder a un derecho social, o cuando las juventudes envían audios en zapoteco o mixe a través de aplicaciones de mensajería para sortear las barreras del teclado en español, esos fragmentos de vida no se esfuman en el aire. Son capturados, almacenados y procesados sin nuestro consentimiento libre, previo e informado para entrenar modelos de lenguaje y sistemas biométricos que luego serán patentados y mercantilizados por las mismas corporaciones que prometen conectividad gratuita. Nuestra voz, nuestra manera única de estructurar el mundo a través del idioma, y hasta nuestros rasgos físicos, se convierten en activos estratégicos.
Este fenómeno de sustracción sigue fielmente la lógica histórica del despojo territorial, operando bajo el mecanismo que David Harvey denomina “acumulación por desposesión”, mediante la cual el capital se apropia de los bienes comunes para alimentar su acumulación. En Oaxaca, este proceso guarda un paralelismo directo con programas estatales como el PROCEDE, diseñados para parcelar, individualizar y abrir al mercado la propiedad colectiva. Los modelos dominantes, forjados en las lógicas del capitalismo de vigilancia y el control estatal, tratan estas vidas y saberes como un recurso inerte a ser procesado. Ver artículo completo en el primer link.
Kiado Cruz, Territorio Digital El territorio ya no solo es la tierra: La libre determinación en la era digital – | Notas La Minuta Convocan al ciclo de capacitación “Seguridad Digital y Cuidados Colectivos” para personas defensoras y periodistas – EDUCA | Fotografía Territorio Digital
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